Herví el dolor y me sumergí en él aceptando lo mucho que me quemaba.
Y lo dejé estar, dejé que quemara.
Dejé que penetrara en mis huesos y en los huecos más recónditos de mi estructura animal.
Entonces el vacío dolía, volvía a sentir.
Me dejé hervir en él un instante, unas horas, unos meses, años.
Y ha dejado de quemar.
Es el momento, por fin, de añadirle una bolsita de amor propio y disfrutar de la hora del té.
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